Crónica de una aventura que duró 3 años

Hace ya más de tres años me embarqué en una aventura que empezó a punta de curiosidad y búsqueda de lugares para llegar. Logré convencer a un par de amigos para ir a El Altar, o Capac Urcu, uno de los puntos sobre los 5000 m.s.n.m. en el Ecuador. La aventura fue completa ya que primero fuimos a la costa ecuatoriana como Montañita o la playa de Los Frailes en Manabí, pero a la hora de llegar a la montaña (que era mi objetivo y deseo) cuestiones de preparación (no teníamos ninguna) y falta de previsión hicieron que nuestro viaje a este maravilloso destino quede a medio camino y toque regresar dejando atrás un deseo que ya llevaba arrastrando por varios años.

Entonces me quedó un pendiente… Hasta este fin de semana pasado, donde me llene de determinación y conseguí compañeros de viaje un poco inesperados (ya que este tipo de aventuras no son para nada recomendables hacerlas solo). La aventura empezó el viernes a las 7 de la tarde, ya que luego de salir del trabajo pasé por mi casa en búsqueda de ropa y partí hacia Cuenca, donde me encontraría con Damián Burneo, amigo mío y columnista de este sitio. Sobre las 10 llegué a la capital del Azuay y recogí a Damián y salimos a comer. Sobre medianoche regresamos y Damián arreglaba los últimos detalles yo me fui a dormir, ya que al día siguiente la jornada empezaría a las 4 de la mañana.

Y sonó la alarma, y con la lentitud propia de levantarse en horas de la madrugada empezó el arreglo. Subimos todo al carro y partimos, había que pasar viendo a Sofía, enamorada de Damián y tercera integrante de esta travesía. Y salimos de Cuenca alrededor de las 5 de la mañana, y sobre las 10 llegamos a Riobamba (no sin antes detenernos en Colta para comprar un par de medias y dos pares de guantes para apañar el frío y una parada en Guamote para comprar frutas), y en medio de la búsqueda de un sitio para desayunar y renovar fuerzas para la larga jornada frente a nosotros nos detuvimos en un semáforo y sucedió lo que uno nadie espera, un “intrépido” conductor decidió adelantarnos y nos chocó. Para nuestra suerte los daños en el carro fueron mínimos y pese a que el “intrépido” conductor se dio a la fuga, nuestro viaje pudo continuar sin problema. Primer potencial desastre evitado.

Conseguimos desayunar (unos sabrosos sánduches “Serranitos”) y nos pusimos en camino a Penipe, vía Guano, como no sabíamos el camino preguntamos a más de una persona por el camino para llegar y antes de darnos cuenta, estábamos en una maraña de caminos vecinales de lo que parecía ceniza volcánica, atravesando muchos sitios extremadamente empinados donde solo la maravilla del 4×4 de mi carro nos pudo sacar sin problema. Luego de llevar una agradable señora a su hogar junto con un costal muy pesado de legumbres, decidimos empezar a ignorar a la gente y seguir la vía “Riobamba-Penipe” que se encontraba en Google Maps. Desastre total, la vía desaparecía en medio de un campo de papas y hortalizas. Media vuelta y de regreso a Riobamba para volver a empezar de cero. Luego de regresar, decidimos preguntar a miembros de la Policía Nacional, quienes nos supieron guiar (al fin) correctamente a la vía hacia Penipe. Siempre es mejor preguntar a la Policía, créannos.

Llegamos a la Hacienda Releche, pasando la parroquia La Candelaria, que sería la base de nuestra expedición sobre la 1 p.m., pese a que teníamos planeado llegar a las 11 a.m., y debido a este retraso consideramos prudente empezar el ascenso al día siguiente, ya que se estiman 6 horas de caminata hasta el refugio #2 y posiblemente nos cogería la noche antes de llegar. Y vaya que fue una gran decisión, ya que al día siguiente nos tomó subir más de nueve horas, saliendo sobre las 5 am. Sin embargo, a la subida no le faltaron paisajes espectaculares, con cielos coloreados de púrpura por el alba y una vista espectacular del Chimborazo. Así mismo, las risas y momentos agradables estuvieron siempre presentes, ya que junto a nosotros subían los participantes de una carrera de trekking, incluido Batman, si, ¡BATMAN! La gente de apoyo de la carrera nos regaló frutas en el checkpoint (y de paso nos informó que hay otro camino de subida mucho más corto), conversamos con un grupo de guayaquileños que conocimos el día anterior y nos contaron sus experiencias más que variadas del día anterior. Y proseguimos nuestro camino, llegando al refugio número dos, sobre los 3900 m.s.n.m. para toparnos con una nueva decisión, continuar el trayecto de dos horas de ida y dos de regreso hasta la laguna Amarilla, planeando regresar alrededor de las 6 p.m., o descansar y levantarnos sobre la madrugada para hacer una jornada larga el día lunes. Finalmente se tomó la decisión de descansar, y una vez más fue la correcta, debido a que una hora luego empezó a llover y no paró durante horas.

En el refugio compartimos la noche con un agradable grupo de españoles, que nos contaron sus experiencias e incluso nos indicaron que existen excursiones adicionales a realizar desde ese punto, para llegar al otro lado de la montaña, y ver las lagunas Verde y Pintada. El refugio dos no cuenta con fluido eléctrico, entonces la luz de las velas y una chimenea fue nuestra compañía para la noche previa al que sería el gran día de nuestra excursión.

Nuestra aventura continuó en la madrugada siguiente, con un cielo totalmente estrellado y despejado dándonos ánimos para continuar el camino y disfrutar de lo que se venía. Si bien tramos cienegosos en el camino nos detuvieron un poco, empezamos con una marcha rápida y pronto llegamos a la base de la subida de la pared que separa la laguna del valle, que ciertamente fue cansado y complicado, ya que al acercarse uno a los 4000 m.s.n.m. hace falta el oxígeno y recuperarse es una tarea lenta, sin embargo, lo superamos, incluído la escalada de una roca casi vertical, en el tramo donde no se puede decir que hay un camino o ruta definida. Sin embargo, al llegar y voltear y descubrir la vista que le espera a uno de la laguna Amarilla y el esplendor del nevado hace que cada paso andado y cada minuto esperado haya valido la pena. La verdad no los desgasto mucho describiendo lo visto, les dejo mejor con un par de fotos. Lo que si les deseo compartir es que la magnificencia del lugar, sumado al largo esfuerzo realizado para llegar hasta ahí, te llena de satisfacción y sin duda alguna te hace sentir que has llegado al lugar más hermoso del planeta.

Teniendo la suerte de que no haya una sola nube tapando la vista, del ver el sol saliendo por detrás de los numerosos picos que componen el cerro, se llega a disfrutar al máximo la experiencia, la cual es totalmente recomendada. Pero bueno, continuando con la crónica, ya allá, nos encontramos con un grupo de cuencanos, que habían acampado y pasado la noche arriba, con quienes compartimos comida y risas, nos contaron (y recomendaron) visitar y bañarnos en la laguna, lo cual al principio generó un poco de dudas, pero luego, nos dijeron que ellos iban a bajar hasta la orilla y se iban a dar un último chapuzón, nos animaron y con mi amigo decidimos darnos el baño más frío y emocionante de nuestras vidas, para luego secarnos acostados en una piedra al calor del sol. Una experiencia increíble. Si bien teníamos pensado emprender el regreso sobre las 9 a.m., terminamos empezando el descenso alrededor de las 10 y media, el cual transcurrió sin mayor problema, acompañados en gran parte del camino son el grupo de cuencanos que conocimos en la mañana. Finalmente, llegamos a la hacienda de regreso sobre las 5 p.m., hicimos una parada en Penipe para “Penipearnos” unas deliciosas empanadas de maíz y empezamos el regreso. Dejé en Cuenca pasada la medianoche a mis acompañantes y emprendí el camino a Loja, parando sobre la 1:30 a.m. en Oña para comer algo. Sobre las 3 llegué a Loja y me aliste a dormir las escasas 3 horas que podía antes de volver a la vida normal desde el día siguiente.

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