La patología del talento

El talento, así como el éxito, son palabras tan etéreas como el alma o el espíritu. No solo es difícil definirlo como algo objetivo y tangible; es muy complicado presentar un juicio dotando de talento o éxito a alguna persona. Aquí entran múltiples factores, dentro de los cuales está la base en la cual se asienta la asignación de dicho talento o éxito. Pero el paradigma de estos dos conceptos ha cambiado de manera radical. Al vivir en el presente entorno, se concibe al talento como una aptitud, la capacidad de desempeñar cierta actividad. Sin embargo, al examinar de una manera algo más profunda esta aptitud, es fácil captar que viene acompañada de ciertas particularidades.

Es interesante examinar algunos casos en los que el talento ha venido acompañado de una gran cantidad de demonios para sus beneficiarios. Un ejemplo un tanto obscuro y no muy conocido es el del músico canadiense Devin Townsend. Siendo descubierto a una edad relativamente temprana por el guitarrista Steve Vai, se le encomendó la tarea de vocalista en su nuevo proyecto que también incorporó algunos de los nombres más reconocidos en el escena del género musical al que representaban. Sin embargo, poco tiempo después de su debut en la industria y con el conocimiento que logró retener, Townsend se lanzó a probar fortuna en solitario, pasando por varias tribulaciones por las que logró desarrollar un verdadero talento y proficiencia en la música en general. El mismo artista se considera un perfeccionista, aunque también admite que esta búsqueda sin cuartel del material perfecto ha ido consumiendo su sanidad mental de forma insidiosa. A mediados de su carrera, se le diagnosticó trastorno bipolar; este diagnóstico le dio a Townsend el justificativo para su obsesión. A pesar de los excesos que rodean a este tipo de entorno, Townsend fue muy selectivo a la hora de elegir su coadyuvante creativo, escogiendo un psicotrópico muy actual y relativamente lesivo. Sin embargo, al combinar su diagnóstico con este “apoyo” creativo, Townsend exacerbó sus males hasta llegar al punto de reexaminar su proceso, tanto creativo como de vida en general. Esto lo llevó por otro camino por el que supo explotar su talento al máximo.

Una vez examinado este caso, tal vez la pregunta que pase por la cabeza de cualquiera seria: ¿si tiene tanto talento, de donde he oído hablar de este tipo? Probablemente es la primera vez que se entera de su existencia. Y aquí es donde es posible diseccionar un poco del nuevo paradigma del eje talento – éxito. El talento de Townsend es a prueba de cualquier duda, pero nadie lo conoce. Incluso el mismo artista se aleja de cualquier criterio en el que se le asigne cualquier concepto de éxito, pero esto se le puede atribuir a su muy humano deseo de progresar siempre a algo mejor. Es un curioso caso de un artista atormentado por sus propios demonios, los cuales a su vez alimentan su faceta artística potenciándola de forma paradójica.

Y hablando del artista incomprendido, ¿como se puede evitar hablar de Vincent van Gogh? Mucho se ha hablado de la vida y arte de este personaje, pero poco se ha dicho del verdadero combustible de su talento. Históricamente no es posible dar un diagnóstico certero del padecimiento de Van Gogh, aunque el consenso dicta trastorno bipolar. Pero en este caso, es más interesante describir que no se considera a la enfermedad mental de Van Gogh como un catalizador de su obra. Sin embargo, es imposible negar que factores inherentes a su condición se filtran en cada pincelada. El entorno del artista casi siempre cumplía su parte y lo enajenaba por su exuberante comportamiento; el ostracismo del era objeto se fundía en una amalgama de sentimientos que se plasmaban en el lienzo vacío. Van Gogh murió solo, falleció tras un intento fallido de suicidio que terminó siendo efectivo aunque no como lo planeó. Su dificultad para establecer relaciones, su peculiar forma de vida, su exuberante comportamiento lo mantuvo alejado de la gente; aun siendo su anhelo más grande tener compañía, ser entendido. Tal vez si Van Gogh estuviera aquí, ahora, y la pregunta de si se consideró exitoso le fuera dirigida, quizás la respuesta nos sorprendería. Aunque quizás no. Van Gogh, en la opinión de quien escribe esto, no fue víctima de su locura; fue víctima de la soledad que lo acompañó toda su vida, fue víctima de nociones preconcebidas que no encajaron con lo que él representaba. Tal vez Van Gogh diría que su éxito, a pesar de ser hoy en día considerado como uno de los talentos artísticos más importantes de la historia de la humanidad, jamás fue lo que el anheló.

Estos dos casos proponen el esquema de la moderna irrelevancia entre la proporcionalidad de talento y éxito que nos rodea. El porqué del impuesto del talento; esa obsesión casi siempre patológica que empuja al ser humano más allá de lo que está supuesto que sea, quizás nunca sea explicada. Pero lo certero es que conocer todo esto hace ver al arte con otro enfoque, con otra luz. Porque mucho de lo que estos artistas no es sólo notas musicales, no son, aunque hermosos, simples pinceladas en un lienzo en blanco. Son pedazos del sufrimiento y pasión de almas atormentadas por su propia esencia, que quizás, vistas desde la tenue luz de lo que se conoce como “cordura”, despierte en cada uno ese rincón dormido que vive atormentado por nuestro propio infierno.

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