La evolución y el miedo a lo desconocido

“Más vale malo conocido, que bueno por conocer”

Que seria de la vida sin los viejos aforismos. Pero la ciencia, la lógica y la razón a través del paso del tiempo han dado pertinencia a la noción de que nada es estático, nada se queda quieto lo suficiente como para darle la espalda a la evolución. El cuerpo evoluciona, los entes biológicos de la naturaleza evolucionan. Y está el caso obtuso de la mente humana. Es curioso, porque tampoco se mantiene estático, evoluciona; pero evoluciona a conveniencia. Los aforismos han sido fuente de conocimiento milenario y la frase antes citada es y seguirá siendo pronunciada mucho después de que estas palabras dejen su memoria. Pero ¿por qué razón? Tal vez un grito salga fuerte y claro de su cabeza, se traslade a sus cuerdas vocales y emita un sonido de elevado timbre con las palabras “POR LA EXPERIENCIA”. Sin embargo, ¿acaso es un crimen sin perdón dar el beneficio de la duda a lo desconocido?

Desde sus etapas evolutivas tempranas, el ser humano se ha caracterizado por presentar al miedo a lo desconocido como su principal herramienta de supervivencia. En contraste, aquel primitivo pseudo hombre, protagonista de la reconstrucción de los hechos prehistóricos producida por la mente de algún intelectual, debió desafiar esta futura sabiduría popular para encontrarle uso al fuego y como reproducirlo. Bastante pintoresca es la escena que la ciencia plasma para explicar este fenómeno, aunque de tener al menos una minúscula pizca de certeza, no deja de ser fascinante. A partir de ese primitivo episodio, la humanidad se ha visto enfrentada a diversos casos donde la necesidad de transfigurar el miedo por otra sensación más permisiva ha sido no solo necesaria, sino vital.

Desde un punto de vista dogmático, los católicos tienen como ejemplo a Jesús, el hijo de Dios enviado a la tierra. La forma en cómo se desarrolla lo que consta en las sagradas escrituras demuestra básicamente trazas de comportamiento humano; el rechazo y sufrimiento que Jesús tiene que soportar se podrían corresponder al miedo que sus detractores tuvieron (y tal vez continúan teniendo) frente a su figura.

A pesar del caso que se puede llegar a hacer a favor de la progresiva eliminación del miedo como factor de defensa, la experiencia pesa mucho y se encuentra en el lado opuesto de la balanza. Es una ley que cualquier situación que se enfrente que no tenga un modelo empírico previo, lleva divididas las posibilidades de éxito en dos mitades perfectas. Pero el punto a discutir de este reglamento se encuentra en la parte de la inteligencia humana que sí ha evolucionado, volviendo a nuestro punto de origen. El criterio, el sentido común y la lógica/razón se han convertido en las principales herramientas del hombre del presente para valorar sus circunstancias en cualquier aspecto.

Es por esta última afirmación que es posible plantear un caso, si no sólido, al menos interesante a favor de ir abandonando sistemáticamente el miedo como herramienta de discernimiento. Si el pensamiento crítico y el sentido común están tan de moda, ¿por qué no fomentarlos como medios para evaluar cualquier situación en lugar del miedo? La historia de la humanidad muestra que el miedo a lo desconocido no se queda en el recelo a aquella oscura esquina, ni a aquello que no se entiende. El miedo a lo desconocido muchas veces genera en el ser humano sentimientos y nociones preconcebidas que prematuramente lo inclinan a realizar juicios de valor, que a su vez impiden el correcto desarrollo y evolución del conocimiento. Las colonias de leprosos, el ostracismo obligado de los humanos deformados por algún padecimiento orgánico o consecuencia de alguna tragedia o quienes padecen de alguna patología de la que no se conoce, entre muchos otros ejemplos que se puede citar de cómo lo que prima en cerebro del ser humano antes que cualquier otra noción es el miedo.

Pero a su vez, ¿cómo luchar contra la naturaleza? Como se mencionó antes, el miedo no es una sensación o sentimiento inútil; su génesis en el desarrollo de la inteligencia del cerebro primitivo fue fundamental para el desarrollo y evolución de la especie. Sin embargo, luego del desenfrenado desarrollo cognitivo del ser humano, es imperativo plantearse la forma de modificar este sentimiento esencial del cerebro a conveniencia. No sería descabellado pensar que a través del uso de las técnicas contemporáneas de enriquecimiento de la mente del ser humano se pueda cambiar el paradigma del miedo y su rol dentro del comportamiento de la especie.

Es cierto que todo se mueve. Todo evoluciona. Y por este motivo es que la forma de contemplar los instintos básicos de la mente debería estar también en la órbita de nuestro pensamiento, no solo el miedo; instintos primitivos que encadenan a la especie a la perpetua similitud que existe con sus parientes en el reino animal y que al no controlar, la reducen al nivel de ínfimo desarrollo cognitivo que algunas poseen. La evolución de la mente del ser humano debe florecer intentando ser más trascendental; esta evolución no debe ser potenciada en algunos aspectos e ignorada en otros. Porque como individuos en el colectivo de la especie, nos debemos al desarrollo que la evolución que ocurre a nuestro alrededor nos demanda.

 

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