Mi Amor de Vainilla

Si nunca te vuelvo a ver

Siempre te llevare conmigo

Adentro y afuera

En las puntas de mis dedos

En los bordes de la consciencia

Y en los centros de los centros

De lo que soy y de lo que queda.”

Bukowski

Un día entendí lo que era la felicidad. A cualquiera le parecería más fácil decir que un día fui feliz. Pero la felicidad está en el ojo del que la vive y es tan subjetiva que definirla es más difícil que recoger agua de lluvia entre las manos para beber. Entendí lo que significaba ser feliz; no como un sentimiento pasajero o un estado de ánimo, lo entendí como lo que es: una sensación que trasciende las palabras, el tiempo y el espacio. Algo que va más allá de cualquier cosa que se pueda concebir. Pero tal vez le parezca que estoy exagerando. Quizás. Pero el último trago de aquella bebida carbonatada, aquel milagroso día, me sentó como una epifanía explosiva. No solo acababa de saborear aquella piedra filosofal que la alquimia jamás logro encontrar, entendí su significado.

Fue la bebida más curiosa de la que había escuchado hablar. Y el interés solo aumentaba cada vez que oía hablar de ella, que no era mucho, pero que cuando pasaba me dejaba una impresión siempre más profunda. Era una versión algo rara, si se quiere mística, de una solución carbonatada más común que el agua potable. Porque en mi país hay más de esta bebida que agua potable. En serio. La cosa es que cierto día la vida me puso en su camino de forma imprevisible. Esa duda quemaba siempre algún lugar de mi inconsciente y en sueños me torturaba la incertidumbre de su sabor; ¿sería lo mismo que su versión común? ¿Sería el elixir que yo me imaginaba con tanta insensatez? Cuando me atreví a pedirla, tembló mi voz, porque juraba al cielo que era muy tarde. Y era poco probable conseguirla. Pero como así es la vida, imprevisible, una lata de aquel misterioso brebaje con burbujas llegó a mí poder.

Cuando tuve una lata entre mis dedos, el frío del aluminio incendio esa perdida incertidumbre en mi cabeza con tanta fuerza que a mi consciencia le fue imposible ignorarla. Tarde algún tiempo en volverla a tocar. Solo las puse frente a mí y nos miramos, nos miramos como si siempre nos hubieramos estado buscando; sin conocernos pero sabiendo que somos el uno para el otro. Seguí viéndola; no podía concebir la suerte de tenerla en la misma línea de mis ojos. Y ahí, tan cerca, a mi merced. Dentro de mi cabeza, en un recóndito lugar y casi sin sonido una ronca voz me recomendó estar preparado; tener cuidado. ¿Y si no era lo que yo pensaba? ¿Y si no era lo que yo quería? ¿Y si no era lo que yo necesitaba? Una leve sonrisa se dibujó en mi boca; después de tanto tiempo de anhelarla y esperarla, pensar en tales cosas al tenerla al frente me pareció lo más ridículo del mundo. Era como dudar al frente de un cuarto lleno de billetes.

Mis ojos seguían pegados a esa figura algo llenita pero muy sensual. Su color predominante era el rojo y tenía una línea blanca en el medio, como una cascada que cae sin fuerza pero con el ahínco de la gravedad. No me atrevía a tocarla; como todo anhelo en la vida, la lucha para llegar es lo más importante pero es siempre una utopía tenerla. No me atrevería tampoco a entender esa situación. La lata me miraba silenciosa, las dos Os en blanco me veían como ojos, brillantes y llenos de emoción; tal vez un reflejo de mi propia mirada. Sofocando hasta la última migaja de emoción arrolladora, logré controlarme y por fin volver a sentir la presión de la pared de aluminio con el líquido en su interior. Ese mismo instante, una ola de dudas lleno mi cabeza, como un frenesí de contradicciones frente a la ignorada voz ronca de antes. ¿Y si era como todas? Toda esa expectativa por nada. Mi única reflexión fue simplemente que debía probarla, para acabar de una vez con todo este martirio.

Suavemente, mi dedo se deslizó como sin querer hasta el anillo de aluminio y con una leve presión sentí la ebullición de miles de burbujas corriendo desesperadamente de su prisión de metal. Un olor muy familiar llegó hasta mí, pero no sentí nada especial. Esto no me molesto; quizás el hecho de ser yo tan inexperto simplemente significaba que mi nariz inculta no podía captar el olor del ingrediente especial. Continúe quieto, como estúpido, oyendo como las burbujas seguían en su desesperada lucha de dejar la bebida tan blanda como el agua. Me decidí por fin y tomé un largo trago. Todo el aire desprendido por las burbujas me sacó lágrimas de los ojos, pero algo más me hizo sentir un gran vacío, como cayendo de gran altura. El sabor… era el mismo. Ahora la teoría de mi inexperiencia empezó a sentirse como una charada; ¿tanto tiempo y tortura para esto? La sonrisa se fue de mis labios expedita, pero la lágrima que iba a caer en mi mejilla ya no era por el gas; era por la decepción.

Faltaba un poco menos de media alta y mi mente estaba tan apaleada que no podía fijar un pensamiento en mi cabeza. Solo me sentía como un imbécil; había idealizado tanto esta bebida que yo mismo me había dado de bruces con la realidad. Sentí el contenido faltante y juzgue que un trago era suficiente para terminar esta farsa. Pero aquí viene la historia, queridos lectores; cuando la última gota paso por mi lengua sentí la explosión del ingrediente más importante de mi Coca Cola. Era un sabor a cielo, a la verdadera felicidad; una avalancha de vainilla que nubló mis sentidos más profundos. Nuevamente me sentí incapaz de enfocar nada en mi cabeza, pero esta vez era por el infinito gozo del entendimiento. Quien sabe, pudo haber durado algunos segundos, pero para mí fue un viaje inconmensurable. Cuando logré recuperar consciencia sobre mí mismo y de mi cuerpo, el brazo que sostenía la lata de mi amada Coca Cola de Vainilla viajó veloz y sin resistencia a la mesa. Cuando el fondo de la lata toco la tabla, mi corazón dio un vuelco y fue el equivalente a volver a caer por ese agujero infinito. Ya no había más.

Entendí la felicidad. Entendí que a veces uno paga por idealizar las cosas que no conoce. Pero también aprendí que las cosas que valen la pena, a veces no se las entiende a la primera. Quizás esa desgarradora desesperanza de ver a mi bebida parecerse a cualquier común Coca Cola me sirvió para encontrarle el verdadero ser a mi amada edición de vainilla. Y ahora, que entendí lo que era ser feliz, regrese a la tierra, que muchos dicen es la razón de la metáfora del infierno. Y por eso no creen en tal mísera y abismal pocilga. Pero yo sí creo amigos, porque ha pasado tiempo y yo sigo aquí; quemándome con las llamas de la ausencia y con el criminal peso de no saber cuándo la volveré a ver. Si es que alguna vez vuelvo a sentir esas lágrimas de burbujas correr por mi cara, podré entender que la felicidad se vive hasta en el infierno.  

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